La versión oficial
"Primero lo peor. Luego, peor que lo peor. Hasta que de lo peor no quede peor. Hasta que de todo no quede nada. Todo de una vez para siempre."
Rumbo a peor de Samuel Beckett.
En febrero del 2022 inicio mi primer emprendimiento siendo una novata en la materia.
Me tiro a la pileta con lo que tengo: un vision board, el borrador de un modelo de negocio y la convicción de que quiero ser libre y trabajar de pensar ideas.
En abril renuncio a la empresa donde estoy trabajando.
Dejo el departamento. Vuelvo a la casa de mamá. Me dedico de lleno a lo mío.
En 2023 crezco, gano visibilidad y confianza, me convocan para colaboraciones y facturo lo suficiente para darme una vida simple, pero libre. ¿Qué es la libertad? Libre no significa independiente. Me confundo.
En 2024 me involucro en un proyecto que me da el sustento para probarme el traje de nómada digital, pero me deja la psique rota y la autoestima del tamaño de un arroz yamaní. Vuelvo del viaje. El negocio empieza a estancarse. Entro en la primera y peor crisis financiera de mi vida adulta.
La alternativa de volver a la relación de dependencia nunca había desaparecido del todo. La presión escala. De la opción pasé a la necesidad, de la necesidad a la frustración y de la frustración a la vergüenza. ¿De qué? De haber fracasado como una campeona.
Mientras: salgo con nuevas propuestas y finjo demencia en las redes sociales, postulo clandestinamente a búsquedas laborales, batallo entre lo que debería haber sido y lo que es, banco los trapos de las decisiones no tomadas y tomadas en base a criterios ajenos.
En 2025 mamá me carga la sube y papá el celular. Me despierto y me acuesto pensando en que tengo que pagar la tarjeta. Tengo entrevistas, algunas prosperan, otras son olvidables.
Respiro y me muevo como si perteneciera a una raza en peligro de extinción. Aprendo algo que jamás voy a olvidar: si tu miedo más grande se materializa, toda tu energía vital se enfoca en barrenar la ola de fango que se levanta frente a vos como Godzilla. Es instintivo. Querete y no le pidas a tu mente y tu cuerpo más de lo que puedan dar en ese momento. Identificá dos compromisos mínimos para mantener la cordura. Para mí son escribir y entrenar. Puedo sostener ambos porque existen espacios gratuitos para hacerlo. Aprendo a valorar el acceso a programas públicos de salud y cultura.
A mediados del 2025 cuento que hace unos meses estoy en búsqueda laboral. Me llevo la sorpresa de que no soy la única. Algunas emprendedoras también lo están considerando. Otras revelan que siempre tuvieron un ingreso fijo bajo la manga. Cada una lo procesa en una intimidad asfixiante para que no se las juzgue. Vivir repartida entre dos mundos es cool en el marco de una ficción como Hannah Montana. En la vida real, sos una floja que va a medias. ¿Qué carajos nos pasa?, pienso.
Mamá me ayuda a tomar todas las terapias posibles. Constelo, abro registros, decodifico, me limpio energéticamente, constelo otra vez. Me enojo con todas esas herramientas. Me distancio. Me prometo no volver a poner el poder en otra persona. Pero la desesperación es un caldo de cultivo y al mes siguiente insisto con una nueva sesión.
Cambio: de usuario, de formatos de contenido, de canales, de nombre del taller, de estrategia de búsqueda, de CV. Nada. No hay latido.
Hasta que un día papá prende una luz. Le pregunto cómo hace para no volverse loco (él también estaba pasando por una situación crítica) y con la practicidad que le caracteriza me responde: «no pienso, hago. Vos tenés que levantarte y hacer lo que tenés que hacer ese día y después quedarte tranquila de que todo lo que pudiste, lo hiciste».
De la mitad del 2025 en adelante hago eso. Practico la sobriedad. Ejecuto, luego rumeo. No. Basta de rumiar. Dejo de pelearme con las terapias, con el contexto económico y político, con mi infancia y mi adolescencia, con el linaje, con Dios. Asumo que tal vez no quiera tener un negocio. En las entrevistas digo que estoy totalmente disponible, entregada en cuerpo y alma a la corporación. Es verdad. Ya no solo busco estabilidad económica, sino tiempo para que mi sistema nervioso pueda recomponerse.
Es diciembre. Después de nueve meses presencio un milagro en diez días.
Un jueves tengo la muestra de canto. Había elegido mi canción preferida de NTVG. Mañana va a ser un gran día, te lo digo yo dice el primer verso. El viernes me llama mi actual ex jefa para confirmarme que había quedado y el lunes empezaba. Corto el llamado y me lanzo sobre la matriz de afecto que me sostiene como una rockstar. Abrazo a mamá, me llama la tía, le mando mensajes a mi papá, mi hermano, mi prima y una colega-amiga. Ellos son tan autores de este hit como yo. Soy afortunada.
En 2026 paso los primeros cinco meses haciendo un trabajo aburrido y genial. Disfruto la mundanidad de un rol administrativo. Ritualístico, rústico y metódico. No cambio el mundo con lo que hago, pero lo que hago cambia mi mundo. Mi presencia se regenera. Una oficina chiquita y un equipo chiquito me proporcionan la estructura uterina para el resurgir de la ternura.
En poco tiempo me cuestiono porque me sale natural resolver para otros, más no para mí misma. La empresa es una fuerza paternal irresistible y limitada.
Atrás del oasis de seguridad empieza a configurarse una verdad que al principio niego: de los veinte a los treinta mis necesidades vitales cambiaron y puede que la idiosincrasia corporativa nunca sea compatible con ellas. ¿Podría forzar su alquimia? Considero que tal vez podría darle otra chance a lo propio. Con conocimiento de causa y sin portazos.
La condición es una sola: no quiero emprender. Solo quiero ser una mortal que comparte y se gana la vida a través de lo mejor que sabe hacer para amar, y solo amar, lo que ama: escribir.
En 2026 pongo en marcha un plan austero para completar la transición interrumpida en el 2022. Maduro en la incomodidad. No quiero más saltos de fe. Me planto. Quiero ser una peregrina. Como dice esa canción que le escuché cantar a mamá estos días. Si supieras quién camina a tu lado vivirías con plena confianza. Empiezo a vivir con plena confianza porque sé quién(es) camina(n) a mi lado.
Le doy vueltas al texto porque me gustan los finales redondos y musicales, pero este relato es huérfano de remate. Tal vez porque no termina acá. Es un final camuflado de principio. Me toca bajar del colectivo que me trajo del trabajo a casa por última vez. Tengo 31 años y estoy recién nacida. ¿Qué es la libertad? No avergonzarme por hacer lo que tenía que hacer para sacar adelante mi vida y darme la oportunidad de volver a empezar.
Una cosa maravillosa es una colección de anécdotas, una curación de experiencias que en su conjunto cuentan una historia en movimiento. Cada vez que estoy cerca de atrapar a la cosa, la cosa se aleja. Se escabulle en el borde entre lo íntimo y lo transpersonal. La cosa viva, desobediente, urgente, tornasolada. Este anecdotario vital recopila sucesivos intentos de inmortalizar el registro del yo. Son ensayos personales y fragmentarios sobre todas las veces que me animé a seguir a la cosa para estar un paso más cerca de mi sol.


Lo leí hace unos días y hoy lo releí ♥ Siempre tus palabras muy sentidas, y en especial este newsletter me hace más feliz porque fui testigo de una parte del camino y ahora estamos juntas en esta nueva etapa que es una aventura para las dos. Que todo sea para tu crecimiento, para seguir cultivando ese amor tan grande que tenes por las palabras y que la cosa maravillosa sea todo el camino completo recorrido, con sus altos, bajos, curvas y lineas rectas. Te adoro!
Encantada de leerte, hermoso y universal tema femenino...o al menos eso creo. Gracias